La Barcelona suicida

La Barcelona suicida

Autor: Cristian Campos

Publicado en Jot Down Cultural Magazinehttp://www.jotdown.es/2012/03/cristian-campos-la-barcelona-suicida/

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Empecé a sospecharlo cuando vi a decenas de oficinistas asomar a través de los ventanucos de sus cubículos para aplaudir con sincero entusiasmo a las hordas de rústicos que periódicamente arrasan la ciudad con la precisión de un metrónomo de la zafiedad. Todo aquel que ha sobrevivido a esa etapa aterradora y oligofrénica de la vida sabe que un adolescente es un resuelto fascista en potencia, y más si vegeta en esa consigna de medianías que es la universidad española. Pero en pocos rincones del planeta, salvo quizá en la yerma Atenas y por supuesto en las urbes del Islam, la barbarie ha adquirido como en Barcelona categoría de rasgo cultural distintivo. De folklore, en definitiva. En Barcelona, los ciudadanos jalean al hombrecillo que le pega fuego al coche del vecino con la misma pasión con la que una de nuestras más anodinas beatas progresistas de rebeca y hamburguesa de tofu suplicaba en noviembre de 2000 que nos sentáramos a charlar con los terroristas tras el atroz asesinato de Ernest Lluch. A la cobardía y a la más honda pusilanimidad moral frente a la ferocidad iletrada de los agros los barceloneses le llaman seny. Y luego se dirigen a la granja más cercana a engullir una ensaimada con nata, con la conciencia limpia como un quirófano, mientras dejan a su espalda el reguero sanguinolento de su podredumbre buenrollista, tolerante y participativa como si fuera la baba de un caracol henchido de autoodio.

La fascinación barcelonesa por la violencia no es una moda pasajera del siglo XXI. Ya a finales del XIX Barcelona era conocida como La ciudad de las bombas. Por aquel entonces no había anormal en la villa que a la menor ocasión que le presentara el azar no se propusiera reventar a unos cuantos de sus conciudadanos con una bomba Orsini, las preferidas por el anarquismo del momento. En una de las fachadas de la Sagrada Familia puede verse la escultura de un demonio que le entrega una de esas bombas a un obrero anarquista. La escultura se llama La tentación del hombre. Lo repetiré. La tentación del hombre. Ya ven cómo está el patio por estos lares. Para el catalán universal por excelencia, lo de reducir a fosfatina a tus congéneres entraba dentro de la misma categoría que las mujeres, la soberbia, el vino o la pereza. Un placer tentador como cualquier otro, ese de desmembrar al prójimo. Me abstendré de hacer comentarios sobre la legendaria y victoriana incapacidad catalana para el hedonismo. De ello es suficiente ejemplo la sardana, esa danza soporífera y rechinante que algún catalán desesperado debió inventar como sustitutivo del sexo a falta de chocolate. Sí diré, no obstante, que si la pirámide poblacional de la región no está hoy en día totalmente invertida es sólo gracias a la potencia procreadora de los charnegos. Ellos son los que nos salvan de convertirnos en un pueblo antiestético y enfermizamente endogámico como el vasco, esa estirpe de seres insólitos y toscos cuyo único mérito conocido consiste en la práctica de la reproducción por boinazo.

Uno de los que no pudo resistir la tentación fue un tal Santiago Salvador Franch. El 7 de noviembre de 1893, el susodicho tipejo se llevó por delante a 22 barceloneses e hirió a 35 más tras dejar caer una bomba Orsini sobre el patio de butacas del Teatro del Liceo. De hecho dejó caer dos, pero la segunda no llegó a explotar tras rebotar en las faldas de una dama a la que, supongo, debieron calmar tras el suceso con enormes trasvases de tila en vena. En algo hemos evolucionado: en julio de 2005, los herederos de Salvador Franch tan solo lograron desintegrar a Pretto, el perro labrador del TEDAX que intentaba desactivar una cafetera bomba en el Instituto Italiano de Cultura.

Pero no confundan esa fascinación barcelonesa por la violencia destripadora con algo parecido al coraje, la rebeldía o la fortaleza de carácter. Creo que no me equivoco si digo que Barcelona es la única ciudad sobre la faz del planeta Tierra que ha sido aplastada por todos y cada uno de aquellos que se han tomado la tediosa molestia de desafiarla. Dicho en plata: todo aquel que ha querido cepillarse la ciudad se la ha cepillado a placer cuando y como ha querido. Sin excepción, ya fuera el ejército de Navarra o un miserable atajo de perroflautas. Así que Barcelona es la única ciudad del mundo a la que no se le conoce victoria alguna, ni siquiera contra los más débiles e intelectualmente limitados de sus adversarios. “Son profesionales de la violencia”, dice el Conseller de Interior de la Generalitat de unos tipos cuya más brillante estrategia bélica consiste en cambiarse de jersey a media manifestación para que no los reconozcan. Si estos son los profesionales, imaginen cómo serán los amateurs. De ahí que, a la hora de celebrar, nos tengamos que conformar con celebrar alguna de las incontables veces en las que hemos sido derrotados.

Véase la siguiente lista.

Empezaremos por los tiempos de Maricastaña, para hacer boca.

Los cartagineses, durante la Segunda Guerra Púnica. Los romanos, a principios del siglo III dC. Ataulfo, en 415. El visir Al-Hurr, en 717. Almanzor, en 985.

Mucho más sangrantes y cercanas son la Guerra dels Segadors (1640-1652) o la Guerra de Sucesión (1705-1714), sonadas derrotas históricas que aún levantan ampollas por estos barrios. El general Espartero bombardeó Barcelona a placer en 1842. La represión de O’Donnell y el general Zapatero acabó en 1856 con más de 400 barceloneses muertos. Los anarquistas y los republicanos convirtieron Barcelona en la Medellín de principios del siglo XX sin mayor problema. Las tropas franquistas ocuparon la ciudad a finales de enero de 1939 con apenas una minúscula fracción de la resistencia que aún en ese momento, con la Guerra Civil totalmente decidida a favor de los fascistas, presentaba Madrid. Lean este párrafo escrito a finales de la Guerra Civil por el periodista del Times Herbert Matthews, al que cita Arcadi Espada en su artículo Liberación, caída, genuflexión: “Por amor a la República y a la democracia se debió combatir por Barcelona. (…) Había razones suficientes para la caída de la ciudad y sin embargo suscita resentimiento que los catalanes, a diferencia de los castellanos de Madrid, de los polacos de Varsovia y de los rusos de Estalingrado no escribiesen una página heroica para consignarla en la historia”.

De nuestro peculiar concepto del heroísmo ciudadano dan cuenta, sin ir más lejos, los casi 40.000 votos catalanes, la mayoría de ellos barceloneses, que recibió Herri Batasuna en las Elecciones Europeas de 1987, apenas nueve días antes de la matanza de Hipercor. Los barceloneses pidieron que ETA les matara… y ETA obedeció colocándoles una bomba en un supermercado. De ese mismo frenesí suicida nacen las pintadas que aparecieron por toda la ciudad tras los atentados del 11-S y que rezaban “Bin Laden, mátanos a todos”. De nuevo los terroristas obedecieron, aunque lo hicieron en Madrid. De dicho heroísmo nace también la connivencia, el apoyo y el respeto que demuestran plataformas, partidos, organizaciones no gubernamentales, asociaciones de vecinos e instituciones barcelonesas varias hacia los fanáticos religiosos que entierran en sacos a sus mujeres y las pasean de forma retadora por la ciudad, dos pasos por detrás de ellos, para demostrar que no ha nacido todavía el barcelonés con la suficiente autoestima como para impedírselo. O hacia las numerosas bandas latinas de delincuentes que en Barcelona han gozado del estatus de asociación cultural gracias a la generosidad de esa analfabeta conjunción galáctica de socialistas meapilas, independentistas pueblerinos y totalitarios comunistas que aquí se dio en llamar Tripartito. O la tirria con la que se ataca a los impecables y dignísimos Mossos d’Esquadra tras sus ya rutinarios enfrentamientos con las jaurías perrofláuticas, o con la que se les insulta en vivo y en directo, en plena calle y en sus mismos morros, cada vez que detienen a un ratero marroquí o desalojan una casa okupada. He buscado algún ejemplo similar de una ciudad que se haya entregado con similar ardor al lameculismo de sus verdugos y al desprecio de la ley, pero no he encontrado ninguno. Entiéndanme: los barceloneses no somos los inventores de la pulsión suicida, pero sí lo somos de la pulsión suicida colectiva elevada a categoría de arte. Tendrán que reconocer que alguien capaz de convertir la sumisión al bárbaro en una apología de la tolerancia es un espécimen realmente imaginativo. O increíblemente patético.

Por supuesto, un tipo que está pidiendo a gritos que lo pisoteen no puede ser la alegría de la huerta. Y de ahí un segundo rasgo cultural distintivo barcelonés. El resentimiento. La mala hostia. El lamento y el lloriqueo como único horizonte vital. El puto árbitro, siempre en la boca. El odio africano hacia aquel que osa levantar la cabeza por encima de esa masa amorfa de genuflexos suicidas. La vehemencia con la que en un mundo globalizado se vuelcan energías y dineros en la imposición de una lengua zombi mientras el tejido industrial y cultural de la ciudad emigra hacia prados madrileños e internacionales más verdes. El fervor con el que el barcelonés medio se entrega a la tarea de denunciar anónimamente a todas aquellas empresas y comercios que incumplen las leyes de normalización lingüística. La beligerancia con la que en Barcelona se obstaculiza la libertad de horarios comerciales. La cancha que decenas de acomplejados y provincianos medios de comunicación catalanes dan a cualquier forastero oportunista mientras ningunean a miles de profesionales locales con ideas, ganas y talento. Por eso cualquier emprendedor barcelonés tiene 100 veces más posibilidades de ser entrevistado por WallpaperFrameMonocleWired o cualquier otra revista estadounidense o japonesa o británica que de aparecer en La Vanguardia, en Catalunya Radio o en TV3. Sé de lo que hablo: es mi terreno y podría listar decenas de sangrantes ejemplos.

De ahí también esa típica afición barcelonesa a reunirse multitudinariamente en rebaños quejosos por las imbecilidades más nimias y que ha convertido Barcelona en un inmenso manifestódromo abierto 24 horas al día para jodienda de los comerciantes y los profesionales que trabajan en el centro de la ciudad. Es el mito de la Barcelona reivindicativa, tolerante y participativa. Un mito que nació durante los Juegos Olímpicos de 1992 y que sale a relucir cada vez que se juntan cuatro barceloneses en la calle para reivindicar o aplaudir vaya usted a saber qué descabellada mentecatez que a nadie le importa un puto carajo. En realidad, los barceloneses participaron en las Olimpiadas del 92 en la misma medida en que lo hicieron los ciudadanos de Atlanta en 1996, los de Sidney en 2000, los de Atenas en 2004 y los de Pekín en 2008. Frente a tamaña obviedad, Barcelona sigue considerándose a sí misma la capital mundial del fervor ciudadano. Una capital que dice reunir en sus más ilustres manifestaciones más de un millón de ciudadanos mientras la empresa Lynce cuenta apenas 60.000. Estoy hablando de la del 10 de julio de 2010, la del “somos una nación, nosotros decidimos”. Una nación que decide pero que por lo visto no llega a llenar medio Camp Nou. Pero es sólo otro absurdo ejemplo. Hay muchos más.

¿Y saben qué? Quizá tengan razón. Quizá Barcelona sea la capital mundial de la manifestación y la cacerolada. Porque no hay nada más barcelonés que una manifestación o una cacerolada, un evento meramente estético, borreguil, declarativo, pasivo y estéril que no compromete a nada pero que permite sostener la ficción de que tú estuviste allí, hiciste algo y serviste a un fin superior. Aporreando una sartén. Paseando con el carrito del niño mientras tarareabas una de Carlinhos Brown. Boicoteando los eventos que podrían hacer que Barcelona entrara de una vez por todas en el siglo XXI. Aplaudiendo a uno que quemaba un container. Una pamema para pueblerinos aburridos y perezosos con mucho tiempo libre para el autoengaño por delante. La antítesis de la iniciativa personal y de la independencia de pensamiento. Un pasatiempo hipócrita y hortera para una ciudad infantiloide, menopáusica, quejosa, sin tensión ni espíritu ni afinación y que sólo es capaz de mover su presuntuoso culo gordo para suplicar que los vándalos la apisonen.

Autor: Cristian Campos

Fuente: http://www.jotdown.es/2012/03/cristian-campos-la-barcelona-suicida/

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4 respostes a La Barcelona suicida

  1. Isaac ha dit:

    Pamplinas. Siempre hay quien se pasa y quien no sabe actuar, pero cuando la crispación sea mayoritaria y pase de verdad algo gordo… yo sólo diré a los del PP… haber elegido muerte.

  2. Guillem ha dit:

    Buenísimo… La verdad es que, si se los toma uno a cachondeo, esta gente son divertidísimos.

  3. quel ha dit:

    Si con 60 mil salen en las televisiones de medio mundo, con un millón son noticia en otras galaxias?

  4. Jaimito ha dit:

    Poder, no se puede rectificar ni una coma. Más que una fotografía, una resonancia magnética de esta ciudad.

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