Biblioteca. El mito de la secesión

MitoSecesiónJuan Arza & Joaquim Coll: “Cataluña: el mito de la secesión”

Ed. Almuzara, 2014

 

 

 

 

 

 

Ofrecemos a continuación:

1. Una entrevista a Juan Arza, coautor.

2. Índice del libro.

3. Extracto del Capítulo IVLa historia como telón de fondo, de Joaquim Coll, coautor.

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“Hay ganas de construir una alternativa, de superar el magma ideológico nacionalista que lo envuelve todo”

“Así se gestó esta obra, como un intento de poner algo de razón y de sentido común en un debate viciado por la propaganda y el populismo. Un libro que ofreciera argumentos sólidos a aquellos que abogan por la permanencia de Cataluña en España. Un libro que presentara las razones de la unidad y analizara críticamente el proceso desde muchos ángulos: el derecho nacional e internacional, la economía, la historia y la cultura, los medios de comunicación, etc.”

“El independentismo espasmódico ha logrado lo que no habían conseguido los treinta años de pujolismo: aunar a personas de procedencias ideológicas muy distintas en torno a una empresa común, la de defender un proyecto de convivencia en el marco de una España plural frente al populismo imperante en Cataluña. Hay ganas de construir una alternativa, de superar el magma ideológico nacionalista, que lo envuelve todo. Esta obra es una expresión más de la voluntad de sumar esfuerzos, cada vez más extendida en algunos sectores de la sociedad catalana.”

“El lector comprobará que se trata de un libro sumamente plural. Un mosaico de argumentos por la convivencia constitucional en el que participan personas muy diversas por estatus e ideología. En él se significan economistas, periodistas, escritores, profesores, lingüistas, historiadores, sociólogos, y un amplio abanico de sensibilidades políticas. Todos, en cualquier caso, piensan a fondo lo que dicen. El resultado es una obra imprescindible para despejar falsos axiomas y acercarse, de una vez por todas, a la Cataluña real.”

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Entrevista a Juan Arza, coautor de “Cataluña. El mito de la secesión Desmontando las falacias del nacionalismo”

«El secesionismo es una construcción de las élites políticas, mediáticas y educativas, más nacionalistas que la población»

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— ¿La secesión catalana es un mito? ¿Por qué?

La RAE define “mito” como una “narración maravillosa situada fuera del tiempo histórico…” No se me ocurre una mejor definición para la secesión tal y como nos la describen los nacionalistas catalanes.

— ¿Qué novedades aporta este libro a la cuestión separatista?

Su enfoque global, porque aborda prácticamente todos los ángulos del problema: el económico, el jurídico, el político, el cultural… Además de que todos sus autores son catalanes o viven en Cataluña, por lo que han vivido muy de cerca la realidad del nacionalismo.

— ¿Quiénes participan en su redacción? ¿Qué tienen en común?

Participan personas de ideologías diversas pero con algunas características en común: un conocimiento profundo de su materia, prestigio intelectual y profesional, y una gran preocupación por lo que ocurre en Cataluña.

¿Espanya ens roba?

¡Claro que no! Es normal que el Estado recaude más allá donde las rentas son mayores y se consume más, y que gaste más allá donde hay más necesidades. El profesor De la Fuente demuestra en un capítulo incluido en nuestro libro que el “déficit fiscal” de Cataluña es perfectamente comprensible y comparable al de otras regiones ricas dentro de sus respectivos Estados.

— ¿Qué características sociales definirían a la sociedad actual catalana, tras 30 años de nacionalismo?

La sociedad catalana sigue siendo, pese a todo, muy diversa y compleja, pero sí que existe una parte importante de la misma que vive en una burbuja, en un mundo autoreferencial en el que participan las escuelas, las entidades deportivas, los medios de comunicación, etc.

— El nacionalismo-separatismo catalán, ¿es una reivindicación popular de la mayoría de los catalanes, o por el contrario es una construcción de las élites nacionalistas que intenta imponerse a la ciudadanía, mediante los resortes del poder?

Creo que en el libro damos bastantes datos y argumentos para concluir que es lo segundo. Las élites políticas, mediáticas y educativas siempre han sido mucho más nacionalistas que el conjunto de la población, y son las que han impulsado debates como el del Estatut o el de la consulta que no provenían de una demanda social.

— ¿El “caso Pujol” reducirá el souflé independentista, o por el contrario no afectará significativamente en él?

El caso Pujol socava la idea “supremacista” del nacionalismo catalán, que siempre ha presentado a los catalanes como más laboriosos, más civilizados y más honrados que los “españoles”. Puede tener un efecto sobre algunas personas, pero no creo que lo tenga sobre el bloque monolítico e hipermovilizado que se manifiesta el 11S.

— Quiénes son más peligrosos para la unidad de España, ¿la élite nacionalista-separatista catalana, o el poder de “Madrid” que la mantiene y pacta con ella en vez de derrotarla?

¡Buena pregunta! Creo que ambos. El poder omnímodo del que goza el nacionalismo no hubiera sido posible sin el consentimiento y la irresponsabilidad de las élites españolas, no sólo políticas.

— ¿Se dan en la Cataluña actual las condiciones necesarias de transparencia y credibilidad del estándar de democracia Occidental para celebrar un referéndum sobre la independencia de Cataluña?

En mi opinión, no. El independentismo ocupa el espacio público y usa el dinero de todos sin escrúpulos y sin ningún respeto por la pluralidad. El ambiente previo a un referéndum sería irrespirable e intimidador para los que defendemos la unidad.

— ¿Se puede construir una alternativa al omnipresente nacionalismo-separatismo? ¿Cómo podría construirse esa alternativa?

A corto plazo lo veo difícil. No creo que PSC, PP y C’s sumen una mayoría suficiente antes de que ocurra el naufragio definitivo del proceso independentista. En el medio y largo plazo la pieza clave será el PSC-PSOE. Ese partido siempre ha ganado las elecciones generales gracias a los resultados de Cataluña y Andalucía. Durante años jugó a ser más nacionalista que nadie porque pensaba que así erosionaba al PP y mantenía su feudo catalán. En realidad estaba alimentando el monstruo y destruyendo la legitimidad del Estado. Ahora comienza a darse cuenta de sus errores pero sigue completamente desorientado.

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Índice

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Prólogo de Manuel Cruz

Cómo hemos llegado hasta aquí (y cómo se sale de esto)

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Juan Arza • Pau Mari-Klose

CAPÍTULO I. ¿LA VOLUNTAD DE UN PUEBLO?

Los mitos de un nacionalismo «cívico»

Opinión pública e independencia

Partidos políticos y proceso soberanista

Elecciones, manifestaciones y encuestas

Las trampas del referéndum

El capítulo en 7 tuits

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Pablo Nuevo

CAPÍTULO II. CATALUÑA Y EL PLEITO POR LA SOBERANÍA

Un proceso de desconexión nacional tolerado por el Estado

El principio de soberanía, de acuerdo a la Constitución

Ante la manipulación del principio democrático

El capítulo en 7 tuits

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Susana Beltrán

CAPÍTULO III. EL SOBERANISMO ANTE EL DERECHO INTERNACIONAL

La autodeterminación de los pueblos y el derecho internacional

El valor de una declaración unilateral de independencia de Cataluña en el derecho internacional

Cataluña y la Unión Europea

El papel de la ciudadanía ante el proceso secesionista catalán

El capítulo en 7 tuits

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Joaquim Coll

CAPÍTULO IV. LA HISTORIA COMO TELÓN DE FONDO

La ocasión del Tricentenario

El gran sarcófago del Born

Incongruente minuto 17:14

Las preguntas por hacer

Otra lectura del Tricentenario

El capítulo en 7 tuits

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Fernando Sánchez-Costa

CAPÍTULO V. ESPAÑA TAMBIÉN ES NUESTRA

La Guerra de la Independencia y las Cortes de Cádiz

movilización patriótica en Cataluña ante las guerras coloniales

El espíritu de la Renaixença y la catalanización de España

Artur Mas, o la quiebra del catalanismo histórico

Cataluña ante la guerra, la dictadura y la transición

Los catalanes, coautores de la España contemporánea

El capítulo en 7 tuits

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Miquel Porta Perales

CAPÍTULO VI. LA CONSTRUCCIÓN DEL IMAGINARIO NACIONAL CATALÁN

Atrapados

La nación imaginada

El triunfo del nacionalismo banal

De la identidad a la ciudadanía

El capítulo en 7 tuits

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Ángel de la Fuente

CAPÍTULO VII. ¿MALTRATO FISCAL?

¿Está mal financiada la Generalitat?

¿Nos roba España?

¿Esto no pasa en ningún otro sitio?

Conclusión: mucho ruido y pocas nueces

El capítulo en 7 tuits

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Clemente Polo

CAPÍTULO VIII. EFECTOS ECONÓMICOS DE LA SECESIÓN DE CATALUÑA: MEJOR CON ESPAÑA

Cataluña, la fábrica de España

Los costes de la secesión

La «eurización» de la economía catalana

Puntos sensibles: la deuda y las infraestructuras

Conclusiones

El capítulo en 7 tuits

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Mercè Vilarrubias

CAPÍTULO IX. ¿ESTÁ EN PELIGRO EL CATALÁN?

El modelo de Política Lingüística de la Generalitat

Razones y mitos de la inmersión lingüística

Las ventajas de una educación bilingüe

Un modelo alternativo de Política Lingüística

¿Está en peligro el catalán?

Conclusiones

El capítulo en 7 tuits

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Alejandro Tercero

CAPÍTULO X. EL ESPACIO CATALÁN DE COMUNICACIÓN

El origen y la regulación del Espacio Catalán de Comunicación

La Corporación Catalana de Medios Audiovisuales

El coste de la CCMA

El papel de TV3

Los medios «concertados»

Informes y control sobre los medios privados

Conclusión

El capítulo en 7 tuits

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Sonia Sierra

CAPÍTULO XI. LA PERVERSIÓN DEL LENGUAJE

Països Catalans

Nación, país y Estado propio

La cuestión lingüística

Derecho a decidir

El capítulo en 7 tuits

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Félix Ovejero

CAPÍTULO XII. TRAMPAS Y CONTRADICCIONES DEL PENSAMIENTO NACIONALISTA

La nación democrática

Las paradojas de la nación

La nación de la identidad

La soberanía de las naciones

La identidad de la nación

El capítulo en 7 tuits

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Extracto del

Capítulo IV: La historia como telón de fondo

Joaquim Coll, Historiador y articulista

No es casual que la propuesta de celebrar un referéndum sobre la independencia de Cataluña haya sido planteada en coincidencia con la conmemoración del tricentenario de la caída de Barcelona en 1714. Quien primero lo propuso fue Josep Lluís Carod Rovira hace siete años en un libro titulado justamente 2014, donde ponía de relieve el enorme potencial ideológico y movilizador de esta fecha, sentimentalmente idónea para que el pueblo catalán intentara autodeterminarse. «El 2014 feia 300 anys de la caiguda de la capital nacional i simbòlicament era una data prou potent com per a fer un balanç […]. Calia que algú tingués el coratge de fixar una data en l’horitzó, com a referent per a l’exercici de la llibertat, de manera que obligués tothom a pronunciar-s’hi. I a fe que així va ser», ha explicado a posteriori el exdirigente republicano, muy satisfecho por el éxito de una profecía que muchos creen hoy en camino de cumplirse, aunque en su momento fue recibida mayormente con desconsideración y no pocas burlas, incluso por parte algunos de los suyos.

Desde entonces, lo cierto es que al independentismo las cosas no le han podido ir mejor. Ha logrado articular y difundir un relato que supera un discurso estrictamente en clave identitaria. Sin olvidarse de apelar de forma intermitente a la lengua, la cultura o, como veremos en este capítulo, a la historia, sus esfuerzos se han centrado sobre todo en socializar dos discursos, uno de orden político y otro económico. El primero es el de la ruptura del pacto constitucional con la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatuto, emitida en junio de 2010 después de cuatro años de excitante espera y a las puertas de unas nuevas elecciones autonómicas. Con el tiempo, la afrenta del Estatuto se ha convertido en el argumento mayor del soberanismo. Se afirma de forma taxativa que, tras «el veredicto contra el autogobierno», la relación con el Estado español ha entrado en un punto de no retorno, de desconfianza irreversible. La súbita eclosión del independentismo sería la consumación de un largo proceso de desafección del que los catalanes son ya plenamente conscientes. El segundo relato es el del expolio económico, tesis extraordinariamente popularizada, construida a partir de una lectura sesgada de las balanzas fiscales, pero avalada directa o indirectamente por una parte del mundo académico catalán que se ha volcado con entusiasmo a favor de la secesión.

El secesionismo ha logrado a través de una estrategia comunicativa persistente y extraordinariamente eficaz, construida en gran medida a partir de falsos mitos, que buena parte de la sociedad catalana crea que existen graves injusticias que avalan política y moralmente el deseo de la secesión. De alguna forma es cómo si intentara llenar de contenido la exigencia apuntada por Allen Buchanan en el prólogo a la edición castellana de su obra ya clásica, Secesión. Causas y consecuencias del divorcio político (2013). Éste politólogo afirma que la secesión en democracia solo podría ser justa si se pudiera demostrar una redistribución discriminatoria de recursos continuada y grave contra un terri- torio, en caso de vulneración por parte del Estado de las obliga- ciones del régimen autonómico o ante una negativa continuada a negociar una forma de autonomía adecuada. No es difícil ver en la tesis del expolio y en la afrenta sobre el Estatuto, la voluntad de construir los argumentos que llevarían a justificar esos extremos.

Ahora bien, al lado de la política y la economía, el soberanismo ha armado un discurso sentimental e historicista que intenta establecer un nexo de unión entre pasado y presente, de forma que las supuestas injusticias que sufre Cataluña hoy no constituyen una excepción, un hecho puntual y políticamente reversible, sino la confirmación de una constante histórica. Para ello se pretende convencer a la sociedad catalana de que la relación con España es una larga historia de represión, maltrato o desatención continuada hasta el día de hoy. En el citado prólogo, Buchanan considera que resulta del todo imposible argüir el argumento de una anexión territorial de España sobre Cataluña en el pasado y la violación actual de derechos y libertades básicas. Afirmar lo contrario supondría considerar que los catalanes son tratados como súbditos coloniales, extremo que nadie sen- sato en el mundo aceptaría. Sin embargo, fijémonos en cómo el soberanismo se esfuerza a diario en construir un imaginario que va justamente en esa dirección aprovechando cualquier efeméride o circunstancia, un intento en el que persevera desde hace décadas.

LA OCASIÓN DEL TRICENTENARIO

Que la intuición de Carod Rovira era acertada al atribuir virtudes taumatúrgicas al 2014, lo confirma el simbolismo del que se ha revestido la celebración del Tricentenario, así como los esfuerzos más o menos disimulados de la propaganda institucional para transformar ese conflicto dinástico en algo parecido a una guerra de separación de Cataluña o, por lo menos, en un precedente legitimador de los deseos nacionalistas actuales. Ahora bien, como no es posible escribir negro sobre blanco aquello que no fue, más allá de fantasear con otro final posible (por ejemplo, que Cataluña se hubiera convertido en una república bajo protección del Imperio y de los aliados o, incluso, en alianza con los turcos), se opta por construir un relato teleológico. Un relato finalista que esconde la enorme complejidad del conflicto y sus diferentes etapas para acabar concluyendo que se trató ni más ni menos que de un choque entre «libertad y barbarie». La vulgata del relato institucional, difundido desde el nuevo Born, convertido en el centro cultural del Tricentenario, induce a dar por supuesto que las Constituciones y libertades catalanas estaban irreversiblemente amenazadas desde el principio por Felipe V, y que el trato recibido al acabar la guerra y, claro está, desde entonces hasta hoy, se asemeja bastante al de una ocupación colonial por parte de la monarquía borbónica y mutatis mutandis del Estado español.

Se persigue fijar en la retina de los catalanes la prueba de ese sometimiento, persuadiéndoles de que las razones del actual desafecto, de los esgrimidos agravios económicos y políticos, no son coyunturales, sino estructuralmente persistentes desde hace 300 años. La conmemoración, pues, se utiliza como telón de fondo del momento actual que está viviendo Cataluña, igualmente histórico, único y excepcional («Ara, la historia ens convoca» reza el lema del anuncio institucional). Se trata de legitimar un proyecto político que nos devuelva el Estado propio perdido, claro está, en 1714, entendido hoy casi como sinónimo de independencia. Basta, por ejemplo, con fijar la atención en las palabras del presidente de la Generalidad Artur Mas cuando dice que los catalanes de hoy luchan por lo mismo que tres siglos atrás o que «Cataluña quiere defender con los votos lo mismo que los héroes de 1714». Pero si la idea de un continuum histórico entre pasado y presente se fuerza tanto, hasta el punto de obviar algo tan sustancial como es la Constitución de 1978 y la recuperación de las instituciones de autogobierno, es porque lo que se pretende es extenderlo hacia el futuro. En este sentido, el anuncio televisivo del Tricentenario es muy revelador de esta voluntad de unir pasado, presente y futuro al incluir elementos de «sintaxis propagandística» como acertadamente ha hecho notar el escritor Sergi Pàmies. La suma de imágenes y texto nos ofrece «un relato histórico disfrazado de hoja de ruta», que «apela a la oportunidad de decidir nuestro futuro», pero que no es más que «un ejemplo torpe y primario de iconografía sectaria pagada por todos».

(…)

Sin negar que el pactismo pudiera tener un valor cualitativo en la medida que limitaba el despotismo monárquico, lo que no vale es idealizar un sistema estamental propio del Antiguo Régimen, basado en el privilegio y que nada tenía que ver con la democracia parlamentaria y representativa. La manera en que las instituciones públicas catalanas están conmemorando la derrota de 1714, inoculando emociones y suministrando altas dosis de identidad nacional.

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El carácter obsesivo y enfermizo que en algunos extremos está derivando la celebración del Tricentenario se pone de manifiesto en la sorprendente y contradictoria elección de una alegoría sobre el asedio a Barcelona de 1705 para ilustrar la tarjeta de felicitación navideña que envió en diciembre del 2013 el presidente de la Generalitat, Artur Mas. Sorprende su mal gusto, pues no parece muy adecuado elegir un hecho bélico, que causó destrucción y muerte, para desear paz y felicidad. Además es contradictoria en cuanto a su propósito propagandístico, pues se trata de un sitio que llevaron a cabo las tropas austracistas, y no las borbónicas, que entonces defendían la ciudad al lado de las instituciones catalanas, las cuales no cambiaron de bando hasta que la victoria aliada les pareció evidente. Cuando se mezcla improvisación con voluntad manipuladora y desconocimiento histórico, es fácil acabar disparándose en el propio pie.

EL GRAN SARCÓFAGO DEL BORN

Tras el cambio político en el Ayuntamiento de Barcelona en mayo de 2011 y con la llegada del convergente Xavier Trias al frente del consistorio, el proyecto del Born como centro cultural ha derivado en un templo del victimismo, en algo así como la encarnación de la «resistencia frente al enemigo» o en la «zona cero» de la destrucción bélica. Desgraciadamente, lejos de ayudar a entender la compleja guerra de sucesión a la corona española del siglo XVIII, se ha convertido en una pieza altamente simbólica de la propaganda secesionista. La visita a la librería, donde se exponen una cantidad enormes de títulos de ensayo político independentista acompañado de todo tipo de merchandising con la bandera estelada, acaba de despejar cualquier duda sobre la finalidad última de la operación.

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¿Cuál es el verdadero interés arqueológico de unos restos del siglo XVIII cuando unos metros más abajo hay una extensa necrópolis del siglo V? El valor de los objetos encontrados es muy pobre, abunda la típica cerámica azul de cocina y comedor de la que ya había sobradas muestras. Los habitantes fueron obligados por las tropas borbónicas a derruir sus propias casas, pero se llevaron antes todo lo que tenía algún valor y abandonaron el resto, hallado ahora principalmente en las fosas sépticas, cloacas y pozos. Esta crítica general no desmerece, por supuesto, el magnífico trabajo de reconstrucción de la vida cotidiana del 1700 realizado por Albert Garcia Espuche en sus diversos trabajos. Ahora bien, de seguir excavando se hallarían materiales relevantes de la Barcelona bajomedieval y tardoantigua, pero eso exigiría desmontar las estructuras del 1714. La inversión patriótico-arqueológica en el Born contrasta, por desgracia, con el abandono de otros yacimientos de mucho mayor interés científico en la propia ciudad de Barcelona por falta de presupuesto e interés político.

Del Born lo más impresionante es el edificio de hierro y cristal del mercado, proyectado en 1873 por Josep Fontserè, magníficamente restaurado y rehabilitado gracias a una inversión millonaria de casi 80 millones de euros. Pero por desgracia se ha convertido en un sarcófago de lujo para difundir un relato que presenta la guerra de sucesión únicamente como una colosal epopeya de los catalanes a favor de la libertad. Los mayores problemas aparecen en la exposición temporal, titulada Donec Perficiam (Hasta conseguirlo), que opta por centrarse en el dramático asedio francocastellano en el verano de 1714, enfatizando la heroica resistencia de los barceloneses. La muestra persigue emocionar con unos llamativos audiovisuales, pero también indignar al visi- tante ante lo que se presenta como la destrucción del Estado catalán por parte de la nueva España borbónica, que conecta en todos sus tópicos con el discurso soberanista actual.

Con el uso del lema latino que utilizaban las unidades militares austriacistas, que por entonces ya habían abandonado la ciudad como consecuencia del convenio para la evacuación de Cataluña (1713), no solo se quiere homenajear a los combatientes que defendieron heroicamente la ciudad, sino que se persigue, leemos, «señalar el camino a las nuevas generaciones para continuar el combate por las libertades hasta conseguirlas». Está claro: se busca confundir al ciudadano al establecer una relación directa entre pasado y presente, dando a entender que, bajo el conflicto sucesorio de la corona española del siglo XVIII, latía un deseo catalán de secesión que enlaza con el que persiguen hoy los soberanistas.

A partir de esta premisa, se cae en el maniqueísmo interpretativo. Los catalanes estuvimos del lado de los buenos, de las «potencias protoindustriales y protodemocráticas», en referencia a Inglaterra y Holanda, frente al absolutismo francés y castellano. Ello no solo es extraordinariamente exagerado, y peca de anacrónico, sino que plantea entonces una grave contradicción. ¿Por qué ingleses y holandeses lucharon a favor de la dinastía de los Habsburgo y del vetusto Sacro Imperio, cuya naturaleza económica y política era bastante menos moderna en muchos aspectos que su rival directo en el conflicto, Francia? Para justificarlo se construye un andamiaje ideológico que esconde que, en realidad, fue un conflicto de intereses, no de modernidades. Ante todo, subrayémoslo, se trató de una confrontación entre las grandes potencias europeas, que estaban ansiosas de participar en el comercio de América, y solo después acabó derivando en una guerra dentro de los diversos reinos en España. El conflicto jamás hubiera estallado sin el temor de ciertos países (Inglaterra, Holanda y el Sacro Imperio) a que la entronización de un Borbón en España diera a Francia la hegemonía continental y enormes ventajas coloniales y comerciales en América.

Por otro lado, se quiere proyectar una falsa unanimidad, la idea de que Catalunya fue un «bloque compacto» contra los Borbones. Es decir, que no hubo guerra civil, lo cual también es falso: fue primero un conflicto internacional que en España se transformó en guerra civil. Hubo austriacistas muy destacados en Castilla y no pocos felipistas en Cataluña. Sin menospreciar el dramatismo del asedio y la represión posterior, un espacio cultural como el Born no puede cultivar el maniqueísmo interpretativo, reduciendo la guerra a un conflicto entre progreso (austriacista) contra barbarie (borbónica).

La victoria de Felipe V significó el final de las constituciones catalanes, al igual que había sucedido anteriormente en Valencia y Aragón. Pero en el origen no hubo una disyuntiva entre pactismo o absolutismo, libertad o sumisión. Los catalanes que en 1705-1706 se pusieron de lado del archiduque Carlos de Austria no lo hicieron para defender las constituciones de Cataluña, que no estaban amenazadas por Felipe V (las juró en 1701 y aumentó privilegios para la burguesía), sino porque creían sobre todo que las potencias aliadas iban pronto a ganar la guerra y que, por tanto, era preferible que el nuevo monarca entrase en España por Barcelona en lugar de por Málaga o Vigo. Todo ello se mezcló además con intereses sociales complejos. El agudo antifrancesismo catalán de entonces, resultado de los conflictos bélicos anteriores y de la creciente rivalidad comercial, al lado de las promesas incitadoras de los ingleses, hizo el resto. El unanimismo de unos catalanes enfrentados desde el principio a Felipe V es falso, pues lo que hubo fue un desgarro civil, incluso cuando al final Barcelona fue abandonada por el resto de una Cataluña exhausta tras nueve años de muerte y hambre.

INCONGRUENTE MINUTO 17:14

El ejemplo más clamoroso de hasta qué punto la agitación y propaganda secesionista se esfuerza por establecer una relación directa y causal entre pasado y presente, es que desde septiembre de 2012 un sector del público del Camp Nou estalla en un grito independentista en el minuto 17 y 14 segundos. La politización del Barça, incluyendo la exitosa operación de la segunda camiseta del equipo con la bandera catalana, pone en evidencia que se está desarrollando un potentísimo programa de socialización, que se sirve de todo tipo de excusas culturales, deportivas, lúdicas, educativas y hasta gastronómicas, con el objetivo de convertir la celebración del Tricentenario en un momento cumbre a favor de la separación. Se trata de propagar la idea de que Catalunya, tras la derrota del 11 de septiembre, perdió la independencia y de que si le fuese restituida la soberanía y los derechos históricos, hoy tendría plena legitimidad jurídica para separarse de España al margen del actual marco constitucional.

(…)

Antes de repasar las cuestiones esenciales sobre una guerra que en ningún caso fue de secesión, resulta cuanto menos curioso constatar que los independentistas en su afán cabalístico, en el fútbol o en otros terrenos de la sociabilidad popular, no se sirvan de otra fecha o referente histórico más pertinente. Podrían celebrar el minuto 16’41, cuando la rebelión contra la política del conde-duque de Olivares llevó al presidente de la Generalitat, Pau Claris, a proclamar una efímera república catalana. La influencia francesa hizo que Luis XIII fuese reconocido a los pocos días como nuevo soberano catalán y proclamado conde de Barcelona. La separación de Catalunya de la Monarquía Hispánica finalizó en 1652 con la entrada de las tropas de Juan de Austria, que fueron recibidas con alivio, pues la alternativa francesa no resultó del agrado de las élites catalanas. Por tanto, Cataluña sí libró una guerra de secesión, conocida como la revuelta de los segadores, pero no en ocasión del conflicto sucesorio del siglo XVIII, sino en la centuria anterior.

(…)

Para entender por qué motivo los independentistas se centran tan obsesivamente en 1714, dejando de lado otras fechas y referentes mucho más pertinentes, hay que recurrir probablemente a dos explicaciones paralelas. Por un lado, al hecho de que en líneas generales la historia ha dejado de ser el gran argumento del nacionalismo, por lo menos su justificación instrumental, en beneficio claramente de la economía. Y, por otro, a que el uso que se hace del Tricentenario, más que servir para apelar a la razón histórica de una secesión que no fue, interesa sobre todo como elemento victimista y fuente de legitimización del proceso soberanista actual.

Ricardo García Cárcel ha sintetizado magistralmente esta doble explicación: «Hace años el nacionalismo catalán se alimentaba del pasado histórico, utilizaba constantemente la historia como referente. Y la guerra de Els Segadors de 1640 era uno de estos referentes. Incluso utilizaba referentes anteriores, como el almogavarismo medieval o la exclusión forzosa del comercio con América. Curiosamente toda esa historia larga ha quedado en segundo término. Ahora el argumento se ha hecho fundamentalmente económico. Y el referente obsesivo es el «Espanya ens roba». La historia está desarmada como argumento movilizador. Ha quedado únicamente el 1714. En cambio, no hay el menor interés desde el soberanismo en invocar el 1640, cuando se ini- cia la separación de Cataluña de la monarquía española y su vinculación con Francia durante más de una década. No es políticamente correcto invocar esa separación como ejemplo, ya que supuso una experiencia nefasta, y en eso está de acuerdo hasta la historiografía más catalanista. Se apela a 1714 porque se dota a la fecha de componentes completamente victimistas. Y sobre todo sirve para resaltar un principio de enorme fuerza entre el nacionalismo cata- lán actual como es, por decirlo con un título de un libro de memorias espléndido, dicho sea de paso, de Rafael Nadal, Quan érem feliços (Cuando éramos felices). Es decir, la imagen de que Cataluña fue una arcadia feliz antes de 1714. Y la nostalgia tiene una fuerza emotiva extraordinaria».

LAS PREGUNTAS POR HACER

Para refutar la presentación teleológica de la guerra de sucesión, donde se confunde deliberadamente el final del conflicto y sus trágicas consecuencias con las causas y el origen del mismo, las preguntas interesantes y aclaratorias podrían ser las siguientes:

¿Habría destruido Felipe V la Generalitat, las libertades y los privilegios de Cataluña si los catalanes no hubieran roto el jura- mento de fidelidad?

Se puede concluir negativamente. No hay ningún elemento que permita sospechar que el nuevo rey tenía inten- ción inicial de modificar el carácter compuesto y territorial de la monarquía cuando llegó a España. La represión borbónica y la supresión de las constituciones y los fueros en los territorios de la antigua Corona de Aragón fue el resultado de la guerra, y prueba de ello es que Felipe V no eliminó los privilegios de navarros y vascos, que no se rebelaron contra él. Pero la prueba más irrefutable es que el nuevo monarca preside y clausura Cortes en Barcelona en 1701-1702, que son valoradas muy positivamente por un austriacista ferviente como Narcís Feliu de la Penya que consideró que eran «las más favorables que avía con- seguido la provincia», aunque añadió que «siquiera para pauta y modelo para quando llegasse el que deseavan», en clara alusión al pretendiente austriaco.

Por tanto, en 1705, fecha en las que se produce el desembarco de la flota angloholandesa y la entrada en Barcelona del archiduque, ahora ya como Carlos III, no se plantea la disyuntiva entre autogobierno o perdida de las liberta- des, ni tampoco entre absolutismo monárquico o pactismo constitucional, como bien supo hacer notar ya hace años la historiadora Núria Sales. Nada de esto estaba en juego. Frente a la visión romántica, Cataluña no se embarcó en la guerra porque sus libertades estuvieran amenazadas. Felipe V satisfizo en las Cortes el programa político y económico que le presentaron, aunque ciertamente tanto en Cataluña como antes en las cortes aragonesas no faltaron choques con las veleidades autoritarias de sus ministros. Si comparamos los acuerdos alcanzados posteriormente con Carlos III en 1705-1706, vemos que la mayoría de las peticiones de tipo económico habían sido ya otorgadas por Felipe V.

Los catalanes tenían muchos motivos para estar satis- fechos: permiso para erigir una casa de puerto franco en Barcelona; la concesión de enviar dos barcos anuales a América y la formación de la Compañía Náutica Mercantil; la unificación de las declaraciones fiscales de los barcos que llegaban a Cataluña; la devolución a la Generalidad de la colecta del derecho de guerra; la consolidación de la exportación libre de vino, aguardiente y productos agrícolas, sin cargo; la imposición de los derechos especia- les sobre los vinos y aguardientes importados por mar; y la regulación de los derechos que percibían los cónsules españoles en los puertos extranjeros. Políticamente, la con- cesión más importante fue el Tribunal de Contrafacciones, una especie de organismo de garantías constitucionales ante las actuaciones de los oficiales reales y baroniales.

Únicamente dos reivindicaciones quedaron sin atender: la supresión de los alojamientos militares y el problema del control real sobre las insaculaciones para la elección de cargos, que la Monarquía se había arrogado en 1652 tras la Guerra de los Segadores. Barcelona pedía desde entonces que la competencia sobre insaculaciones volviera a la Diputación y al Consejo de Ciento. Pese a la negativa, los alojamientos fueron regulados mediante diversas disposiciones constitucionales y frente a la insaculación siempre quedaba el recurso de instar al citado Tribunal de Contrafacciones, «con que no quitó ni dio derecho, que- dando en su fuerza las antiguas leyes», concluyó el propio Feliu de la Penya. Por tanto, desde el punto de visto del constitucionalismo y el pactismo catalán, las Cortes de 1701-1702 supusieron una revitalización de un modelo que había quedado congelado en 1599.

Solo a partir de 1707, cuando tras la ocupación de Valencia y Aragón por las tropas de Felipe V se dicta el primer decreto de Nueva Planta, queda claro que el deseo del monarca es sustituir el carácter plural de la monar- quía española por un modelo centralizado y unitario. Solo entonces la lucha revistió ese carácter defensivo para los catalanes ante el ánimo vengativo del nuevo monarca que desencadenó una dura represión contra las instituciones que lo habían traicionado en la Corona de Aragón pero también contra los súbditos que lo hicieron en Castilla. Felipe V, pues, aprovechó la oportunidad que le ofrecía la victoria militar para imponer su criterio de uniformar el Estado, más acorde con la práctica política francesa orientada a fortalecer el poder del monarca.

¿Significa la hecatombe de 1714 que los catalanes que tomaron partido por Felipe V fueran peores catalanes que los otros?

Cuando se plantea el cambio de dinastía nada parece indicar que un nuevo Habsburgo hubiera de ser más respetuoso con las constituciones y las cortes que un Borbón. Es cierto que el ascenso definitivo de Felipe V tras la guerra representa finalmente la ruptura de la idea pluriestatal de la monarquía, de esa España horizontal de los Austrias. Pero hay que tener muy en cuenta que hacía más de un siglo que los Habsburgo transgredían las constituciones y los fueros, no solo de Cataluña. Recordemos si no el convulso siglo XVII y la famosa frase del virrey duque de Alburquerque, «guardaré las Constituciones que me parece y las demás no». Por otro lado, no está tan claro cuál era el proyecto austriacista para España del archiduque Carlos. Nunca se formuló explícitamente. No parece que el ejercicio del poder por parte del que tan solo fue un aspirante hubiera podido quedar al margen de las tendencias absolutistas de la época. El contrafactual sobre lo que hubiera podido ser su política en España en caso de haber reinado, solo podemos deducirlo de lo que fue su papel como emperador del Sacro Imperio Romano Germánico a partir de 1711. Y en este caso muy poco se correspondió con los ideales constitucionalistas del austriacismo catalán, tal como ha explicado la historiadora Virginia León.

Finalmente, del análisis de los casi ocho años que reinó en Barcelona Carlos III se puede concluir que el austriaco se esforzó en fortalecer sus atribuciones regias y en satis- facer siempre que pudo sus apetitos políticos. De la lectura de los Dietarios de la Generalitat, se desprende que el hecho de que gobernara en un contexto bélico, lleno de enormes dificultades económicas, fue una razón poderosa que le obligó a ser más respetuoso con el cuadro jurídico- constitucional catalán.

¿Por qué Catalunya apostó tan fuerte por el archiduque Carlos de Austria cuando en las Cortes de 1701-1702 Felipe V dio satisfacción de forma muy sustancial a las demandas catalanas?

Las élites políticas y económicas catalanas que se suma- ron a la causa del pretendiente Carlos III pensaron que obtendrían una posición ventajosa. También que en el juego de rivalidades por la fidelidad de los súbditos, el archiduque se mostraría mucho más dispuesto a ceder a los planteamientos constitucionalistas y pactistas de las instituciones catalanas. Ahora bien, el austriacismo catalán se configura únicamente a partir de la superioridad militar de los aliados frente a Francia en Europa.

En septiembre de 1701 se firma el Tratado de la Haya que da nacimiento a la Gran Alianza, formada por el Sacro Imperio, Inglaterra, las Provincias Unidas de los Países Bajos, Prusia y la mayoría de los estados alemanes, que declaró la guerra a Luis XIV y a Felipe V en mayo de 1702. El objetivo de la Alianza era evitar que Felipe V se consolidara como rey de España, de acuerdo al último y polémico testamento de Carlos II. Movidos por el empeño de que la Casa de Borbón no dominara Francia y España, con todos sus territorios, los miembros de la Alianza declararon ilegítimo el testamento. La entrada en la Gran Alianza del Ducado de Saboya y, sobre todo, de Portugal da un vuelco a favor de las aspiraciones de la Casa de Austria. En septiembre de 1703 el emperador Leopoldo I proclama formalmente a su segundo hijo, el archiduque Carlos de Austria, como Rey Carlos III de España, renunciando al mismo tiempo en nombre suyo y de su primogénito a los derechos a la corona hispánica, lo que hizo posible que Inglaterra y Holanda también le reconocieran.

En mayo de 1704, una flota angloholandesa intenta desembarcar infructuosamente en Barcelona. Fracasa porque no cuenta todavía con el apoyo decidido de las instituciones catalanas, pese a sus simpatías, sino únicamente con el de una parte de la nobleza y de los vigatans de la Plana de Vic. No es hasta junio de 1705 cuando un grupo de exiliados catalanes firma el Pacto de Génova con Miltford Crowe, representante de la reina Ana de Inglaterra, comprometiéndose a luchar a favor del archiduque con el fin de proclamarlo rey de España. Por su parte, la reina Ana garantiza los «privilegios y leyes del Principado», así como los bienes y propiedades de todas aquellas personas que hubieran tomado partido a favor del archiduque, incluso en el caso de que ocurriesen «adversos e imprevisibles sucesos en las Armas», cosa que para gran pesar de los austracistas catalanes al final no hizo. El historiador Joaquim Albareda ha estudiado las gestiones diplomáticas para hacer valer los compromisos contraídos por la reina Ana de Inglaterra por parte del noble Pau Ignasi de Dalmases como embajador catalán en Londres. Es interesante destacar que en la audiencia en la que fue recibido por la reina Ana, en junio de 1713, le recordó que Cataluña había entrado en guerra, literalmente dijo, «incitada» por las promesas de los ingleses.

En definitiva, más allá de la existencia en Cataluña de unas condiciones hostiles a Felipe V, debido a una fuerte galofobia popular fruto de las guerras anteriores, de unas motivaciones económicas más profundas en un sector de la burguesía mercantil, o del hecho de que las arbitrariedades políticas cometidas por el Virrey Velasco actuaran en esa delicada coyuntura de poderoso precipitante, lo cierto es que el paso al austriacismo de las instituciones catalanas jamás se hubiera producido de no haberse visto enormemente incentivado desde fuera y, sobre todo, ante la perspectiva de una victoria de los aliados frente a Francia. Prueba de ello es que no existió rebelión catalana antes de la intervención inglesa. Lo que no sabían las elites catalanas austracistas es que, en su apuesta, tenían poco que ganar y, en cambio, mucho que perder si el desarrollo de la guerra sufría, como así fue, un indeseable giro. Un cambio que es dramático a partir del momento en que el archiduque Carlos se convierte de forma inesperada en emperador, en 1711, y los aliados deciden, a cambio de sustanciales concesiones territoriales y coloniales de Francia y de Felipe V, poner fin a una contienda excesivamente larga y costosa, desentendiéndose de los compromisos tanto formales como implícitos que habían adquirido con las instituciones catalanas.

OTRA LECTURA DEL TRICENTENARIO

Como ha explicado magníficamente Ricardo García Cárcel, hay que reiterar que las diferencias como las similitudes, más que la naturaleza, las construye la historia, y que los fosos de la separación pueden ser tan infranqueables como fácilmente superables. La bipolaridad que el nacionalismo catalán plantea no tiene sentido a la luz de las muchas Españas y las diversas Cataluñas que nos unen y nos separan al mismo tiempo. Tres siglos después de 1714, la dialéctica entre la España horizontal (compuesta, federal o plural) y la vertical (unitarista, asimilacionista o centralista) no se ha resuelto de ningún modo a favor de la segunda. No fue posible en el siglo XIX, que es cuando se gesta el discurso liberal y en el que hubiera podido cuajar una idea monolítica de España, pues es un siglo que empieza nada menos que con una guerra de independencia contra Napoleón. Sin embargo, el nacimiento del federalismo surge precisamente como manifestación en buena medida de ese fracaso, de la pervivencia de esa España compuesta.

Tampoco en el siglo XX el dilema se resuelve a favor de una España vertical y asimilacionista castellana, pese a dos dictaduras. El desaparecido politólogo Juan José Linz explicaba en 1973 que, pese al franquismo, España se había construido como Estado pero había fracasado en su intento de construir una nación. En cualquier caso, con la Constitución de 1978 y el modelo autonómico ulterior, pese a sus imperfecciones e insuficiencias, se desarrolla una vía no solo de encuentro sino de superación de esas dos Españas. En realidad, contra lo que a diario repiten tantos agoreros, hoy estamos conceptualmente mucho más cerca de la primera, de la horizontal, que de la vertical. Lo que ocurre es que por complejas razones que darían lugar a otra larga reflexión no tenemos conciencia de ello, entre otros motivos porque en estos años de democracia los nacionalismos de uno y otro lado nos han impedido desarrollar una cultura e identidad de unión en la diversidad. El uso que de la guerra de sucesión hace hoy el soberanismo como telón de fondo de su apuesta política, señala la necesidad de emprender con urgencia ese camino.

EL CAPÍTULO EN 7 TUITS

1. El independentismo ha socializado su discurso a través de dos potentes relatos: el expolio fiscal persistente y la ruptura del pacto constitucional con la sentencia del Estatut. La historia es el decorado victimista de esta narrativa.

2. Se ha llevado a cabo una idealización retroactiva de la situación catalana en 1714, identificando confusamente el sistema de democracia liberal y parlamentaria actual con la estructura sociopolítica propia del Antiguo Régimen.

3. El espacio del Born se ha convertido en un templo del victimismo donde se cultiva el maniqueísmo interpretativo, reduciendo la guerra a un conflicto entre progreso (austracista) y barbarie (borbónica).

4. La Guerra de Sucesión fue una confrontación entre las grandes potencias Europeas que pugnaban por la hegemonía comercial y colonial. La apuesta catalana por la causa austracista tiene orígenes diversos y no puede reducirse a la variable nacional.

5. Felipe V había jurado las Constituciones catalanas en unas lucidas Cortes en Barcelona. No podemos deducir de forma clara que tuviera intención de suprimirlas.

6. Se ha asumido acríticamente la idea de que los Austrias garantizaban mejor el modelo compuesto y pluriestatal de España. La realidad, sin embargo, es que el Archiduque Carlos gobernó años más tarde el Imperio centroeuropeo con talante absolutista.

7. Los diversos intentos de construir una España «vertical» y unitarista han fracaso. España es hoy más «horizontal» de lo que que- remos reconocer. La crisis política que vivimos es una ocasión para profundizar en una cultura de la unión en la diversidad.

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