Biblioteca. Vicens Vives: Noticia de Cataluña

Jaime Vicens Vives: “Noticia de Cataluña

Editorial Destino (Barcelona), 1954

[Traducció al català: Edicions 62]

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Autor del comentario: Conrado García Alix

http://personales.ya.com/rpmg/cga/libcomhis/node37.html

Vicens Vives, es, sin duda, uno de los catalanes más universales; como historiador es caso singular, poco corriente en su país de origen y en España; con independencia de la temática que desarrolle, en sus libros siempre encontramos perspectivas de alto vuelo, conexiones a varias escalas que tienden a la comprensión completa de los fenómenos. Así se pudo ver en su ”Aproximación a la Historia de España”, repleta de ideas en razón inversa a su extensión. Por eso, al aparecer un poco más tarde su ”Noticia de Cataluña” a nadie se le pasó por la mente que se tratara de un producto típico de la erudición localista, de una mirada al ombligo.

Por aquellos tiempos, apenas iniciada la segunda parte del siglo, aún quedaban rescoldos de un nacionalismo que se preguntaba sobre la esencia de la patria propia, siguiendo los aires germánicos del ”alma colectiva”. En España ardía el asunto de cuáles eran los ingredientes de nuestro ser (Américo Castro, Sánchez Albornoz), si era un proyecto fracasado (Ortega, Laín) o si no había problema (Calvo Serer). En Cataluña, el tema también se había tratado con preocupación parecida, pero las respuestas venían de los poetas y los políticos, o bien de lugares comunes asumidos inconscientemente (como el pensar que ”los males de la patria” eran consecuencia de la integración en España). Cuando Vicens, por fin, lo aborda, no tiene más remedio, en principio, que partir del problema tal y como hasta entonces ha sido planteado (como un asunto de identidad de un pueblo, dando por hecho que posee una personalidad esencialmente diferenciada); Vicens no podía desprenderse de su propio entorno vital; pero tampoco podía renunciar a poner en marcha toda su capacidad para comprender los fenómenos históricos en su plenitud, como producto de factores externos e internos, materiales o espirituales, de corto o de largo alcance. Por ello, la resultante de su trabajo no es la historia de una identidad, sino el diseño de una trayectoria en la que los únicos elementos permanentes son el territorio y, dentro del factor humano, el espíritu de trabajo.

Cataluña, para empezar, no hunde sus raíces en la prehistoria ni como territorio ni como pueblo. Se forja a partir del siglo IX (Qué hacer con lo anterior?) cuando se convierte en Marca carolingia; este carácter le vincula a Europa para siempre (será una parte de la Sociedad occidental, al decir de Toynbee; pero diferenciada), pero al mismo tiempo lo compacto y reducido del territorio hace de él un lugar apropiado para alcanzar mayor cohesión que muchos otros; no en vano es uno de los espacios donde el sistema feudal funcionará con más eficacia. Jerarquía, cohesión, interdependencia de los hombres en un mundo rural, éstos serán los ingredientes primarios de Cataluña; en vez de individualismo, solidaridad; pactismo entre hombres libres (señores y vasallos) determinado por la necesidad de la función social de ambos en una tierra de frontera; vinculación de hombre a la tierra (al ”mas”) no como instrumento de producción, sino como ”conservador” de la casa para él y sus descendientes.

La segunda Cataluña es ya plural: montaña, llano, litoral. Estos dos últimos espacios serán alimentados por la constante llegada de los hermanos de los ”hereus” como consecuencia de la indivisibilidad de las tierras de la montaña. Y tendrán que vivir de otra manera. A partir del siglo XII se abre para ellos un nuevo horizonte, el mar, el comercio. Para muchos, es ahora cuando nace el catalán-fenicio, el negociante, que durante el siglo XIII y parte del XIV conseguirá compaginar una fluida relación con el mundo campesino del que procede y unas actividades que le integran en el naciente mundo burgués del mediterráneo. Nunca llegaron estos comerciantes, sin embargo, a superar un estadio modesto en sus aspiraciones económicas; es ahora cuando hay que situar el origen de otro de los elementos que suelen asociarse a la identidad catalana: el individualismo, la incapacidad para unirse en grandes empresas, la búsqueda del pequeño beneficio no compartido.

Poco más tarde, la crisis del siglo XIV golpea con fuerza a Cataluña: retroceso demográfico, decadencia del comercio mediterráneo, repliegue de la burguesía, refeudalización del campo, esta vez ya afectando a la posición del ”payés” en sentido degradante, transformado en siervo; la jerarquía ya no implica colaboración personal entre el noble y el vasallo). En el ámbito urbano también se agudizan las diferencias entre los ciudadanos honrados y los menestrales, entre ricos y pobres.

Hay intentos de reactivación (como se observa en el interés de los mercaderes, de las gentes del mar, por el triunfo de la Casa de Trastámara en el Compromiso de Caspe, mientras el interior se decanta por el desgraciado D. Jaime) pero fracasan al imponerse las tendencias particularistas de carácter social tanto en el campo como en la ciudad. La solución aportada por Fernando el Católico (a favor de los remensas en el primer caso, del patriciado urbano por otro) permite reconquistar la paz social; el payés, satisfecho, será un factor de estabilidad y continuidad; pero la enorme descapitalización provocada por la guerra civil y la incapacidad para aprovechar, en lo posible, la apertura del comercio atlántico impiden a la burguesía salir de su decadencia.

A partir del XVI otro factor humano va a incorporarse y a incidir considerablemente en ”lo catalán”. Una verdadera riada de gascones, agricultores y pastores pobres procedentes de Francia y en gran parte hugonotes va llegando a través de los Pirineos alimentando tanto al proletariado rural como al urbano. Al mismo tiempo la antigua aristocracia, que había perdido a sus mejores hombres en las gestas de la expansión mediterránea, se escinde, castellanizándose en parte (grandes títulos como los Cardona o Requesens) o, sumida en la pobreza, dedicándose al bandidaje. Si a ello unimos la depresión consiguiente (siglo XVII), queda una imagen de la Cataluña de entonces que explica el intento secesionista. Visto desde Castilla, era una muestra de egoísmo típica de los catalanes; pero éstos eran conscientes de que el Estado no tenía medios o voluntad de imponer la paz social; por el contrario, acentuó las tensiones al instalar tropas ”extranjeras” y permitir sus desmanes. Pero la falta de objetivos de la minoría dirigente y la brutalidad de las masas campesinas o del proletariado urbano hizo de la rebelión un sinsentido.

El burgués y el menestral se refugian en su pequeño mundo, en el trabajo. Paulatinamente recuperan un cierto vigor, que les permite de nuevo volver sus ojos hacia el Estado, no ya para limitarlo, sino para aportarle su colaboración. Nace el interés por el comercio americano, y ése parece ser el factor más decisivo para apoyar la causa austracista en la Guerra de Secesión; pero ese apoyo tampoco fue general, sino que partió más bien de las clases dirigentes, pronto desencantadas al darse cuenta del error. Por contra, será el vencedor, Felipe V, quien, tras despojar a Cataluña de sus leyes propias, abrirá a los negociantes catalanes el camino del Atlántico. Con ello comienza una nueva etapa, una nueva Cataluña, definida ya por una imagen industrial, muy temprana a escala europea, pero que, en contraste con Inglaterra u Holanda, surgirá más como iniciativa de la menestralía que de la acumulación de capitales comerciales. Como en la Edad Media, la estructura empresarial estará atomizada. Este será otro particularismo que alimenta el tópico individualista.

El camino se hizo con dificultades (Guerra de la Independencia, guerras civiles) pero durante el siglo XIX se consolidó el resurgimiento económico. Este enriquecimiento va a traer consigo la aparición de otro elemento humano alógeno, procedente del sur, que provoca otro ”mestizaje” del pueblo catalán distorsionando en parte su arquetipo. La integración de la nueva oleada presenta, sin embargo, dificultades que proceden sobre todo de la vinculación de los llegados a ideologías y asociaciones sindicales extrañas a la mentalidad catalana, y también del estímulo de estas diferencias por parte del Estado. La voluntad de colaboración de Cataluña con éste con el fin de revitalizarlo y convertirlo en un marco adecuado para un proyecto de modernización queda así desarticulada, precisamente en el momento en que una generación (la de principios de siglo) está dispuesta, como ninguna otra antes, a intervenir positivamente en la política española. Los acontecimientos posteriores desgarrarán a esa clase dirigente, desbordada en el interior por radicalismos que afectan sobre todo a las masas menos integradas.

Qué es lo que queda, finalmente, como rasgos mas definitorios de la personalidad catalana? Un sentido de la medida (el ”seny”) trasladado del mundo rural al urbano y redefinido. La idea de pacto, de origen feudal, pero adaptada con posterioridad a las circunstancias políticas, también como compromiso de solidaridad. Una tendencia intermitente a las convulsiones, con pérdida del sentido de la orientación, fracaso, repliegue y vuelta al pequeño mundo cotidiano. La incomprensión de lo que significa el Estado moderno como necesidad histórica y como instrumento de poder. Y un individualismo que, lejos de remontarse a los orígenes, contrasta con el inicial espíritu de solidaridad, bien dentro de la jerarquía feudal, bien en las relaciones campo-ciudad, o, más tarde, al crear un imperio marítimo al servicio de todos los territorios que lo integraban, caso insólito en la historia.

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