El 6 de octubre de 1934

El 6 de octubre de 1934: proclamación de la República catalana por Lluís Companys.

Una proclamación de chiste, propia de Gila.

General Batet, durante el arresto de Companys: «¿Qué habéis hecho, Companys? ¿No sabéis que por la violencia jamás se logran los ideales, aunque fueran justos, y sí sólo por la legalidad y la razón…?»

Del balcón a la alcantarilla… en pocas horas.

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Extracto de “Otra historia de Cataluña”, Marcel Capdeferro, Editorial Acervo, 1985.

El 6 de octubre se notó que la huelga general se había extendido: el paro era ya absoluto. Hacia el mediodía se produjo un pequeño tiroteo en Santa Mónica, entre partidarios y contrarios de la huelga general. Minutos más tarde Dencás se dirigía por Radio al pueblo:

«Pueblo de Cataluña: El Gobierno de la Generalidad no abriga duda de que estáis todos a su lado y que contribuiréis con vuestro heroísmo a mantener el orden. Pero como tenemos noticias de que elementos extremistas intentan perturbarlo, hemos tomado las disposiciones del caso y os avisamos de que esta tarde será tomada militaren la ciudad por el “Somatén Republicano de Cataluña” (1). Los extremistas han iniciado una agresión contra la fuerza pública y han cometido algunas arbitrariedades que es necesario evitar, por lo que os pido ayuda a todos en estos momentos de grave responsabilidad».

Era cierto que elementos de la CNT y de la FAI actuaban por su cuenta y hasta repartían por la calle hojas en las que se decía que esa revolución que se preparaba, anunciada por Alianza Obrera, nada tenía que ver con la que ellos propugnaban. Los guardias tenían orden de cachear a los sospechosos y desarmar a los sindicalistas. Durruti fue detenido.

Por la tarde empezaron a acudir milicianos a la Plaza de la Universidad, donde se les daban consignas y armas de los más variados tipos. Esa presentación de milicianos del nuevo «Somatén» duró más de tres horas. Se calculaba que los paisanos armados, al mando de Miguel Badía, ex Jefe de Orden Público, eran unos 4.000. Existían además unos 400 Mozos de Escuadra, al mando del Comandante Pérez Farrás, de servicio en los organismos dependientes de la Generalidad. Los milicianos pertenecientes al «Somatén republicano» eran afiliados a las siguientes agrupaciones: «Esquerra Republicana de Catalunya», «Acció Catalana», «Partit Nacionalista Republicà», «Estat Català» (el antiguo partido de Macià, adherido a Esquerra, cuyos principales dirigentes eran Dencás y Badía), «Palestra» (entidad de formación cívica-patriótica, cuyos máximos dirigentes eran Pompeu Fabra y José Mª Batista Roca), «Nosaltres Sols» (nacionalista) y «Unió Democràtica de Catalunya».

Tras la alocución de Dencás, las dos Radios de Barcelona comenzaron a emitir discos de exaltación catalana, intercalados con «La Marsellesa». Desde las tres de la tarde Barcelona fue quedando bajo el mando de elementos del llamado «Somatén Republicano».

A media tarde (hacia las 4) el Capitán General de Cataluña, General Domingo Batet, acudió a la Generalidad acompañado del Delegado del Estado en Cataluña, señor Carreras Pons. En su entrevista con Companys el General Batet abogó por el restablecimiento de las comunicaciones telefónicas, telegráficas, postales y ferroviarias (el General Batet estaba incluso incomunicado con Madrid) que dependían de la Generalidad. También se refirió al escandaloso reparto de armas en plena calle. Según las declaraciones que constan en la Causa General, Companys se mostró dubitativo y los dirigió a Dencás para que trataran con él lo de la huelga de comunicaciones y la distribución de armas. Según parece, Batet le declaró que si tenía que declarar el Estado de Guerra no sería una medida contra Cataluña y su autonomía, sino impuesta por lo que estaba sucediendo en España. Dencás recibió al señor Carreras Pons, al que dijo que «las fuerzas a sus órdenes no podían prestar ayuda para restablecer las comunicaciones, hasta las doce de la noche». Consta, no obstante, que Denás, hacia las 5, habló telefónicamente con el Ministro de la Gobernación, al que tranquilizó asegurándole que la Generalidad mantendría el orden y que no pasaría nada.

Aquella tarde la Consejería de Gobernación requisó el local del Fomento del Trabajo Nacional (situado entonces en la Avenida Puerta del Ángel) donde se instaló el cuartel general de Alianza Obrera. También fueron requisados el local de baile La Bohemia (Ronda de San Antonio – Casanova) y el Café Novedades (Caspe – Paseo de Gracia), donde se quedaron concentrados milicianos del Somatén Republicano.

Hacia las seis y media se empezó a organizar en la Plaza de Cataluña una manifestación. Se congregaron unas dos mil personas que desfilaron por las Ramblas y calle Fernando hasta Plaza de San Jaime (llamada entonces de la República), con algunas pancartas con inscripciones tales como: «Exigimos la proclamación de la República catalana» y «Queremos armas». Los manifestantes entonaban «Els Segadors» y «La Internacional».

Hacia las 7 de la tarde la Radio comunicó que «El Presidente hablaría a las 8 desde el balcón del Palacio de la Generalitat, para orientar a la opinión». La Radio iba repitiendo el anuncio cada cinco minutos más o menos. Exactamente a las 8 y 10 minutos, apareció en el balcón el Presidente Companys, quien leyó la siguiente proclama:

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«Catalanes: Las fuerzas monarquizantes y fascistas que de un tiempo a esta parte pretendían traicionar a la República han conseguido su objetivo y han asaltado el Poder. Los partidos y los hombres que han hecho públicas manifestaciones contra las menguadas libertades de nuestra tierra y los núcleos políticos que predican constantemente el odio y la guerra a Cataluña, constituyen hoy el soporte de las actuales instituciones. Los hechos que se han producido dan a todos los ciudadanos la clara sensación de que la República en sus fundamentales postulados democráticos se encuentra en gravísimo peligro.

»Todas las fuerzas auténticas republicanas de España y los sectores socialistas avanzados, sin distinción ni excepción, se han alzado en armas contra la audaz tentativa fascista. La Cataluña liberal, democrática, republicana, no puede estar ausente de la protesta que triunfa por todo el país, ni puede silenciar su voz de solidaridad con sus hermanos que en tierra hispana luchan, hasta morir, por la libertad y el derecho.

»Cataluña enarbola su bandera, llama a todos al cumplimiento del deber y a la obediencia debida al Gobierno de la Generalidad, que desde este momento rompe toda relación con las instituciones falseadas.

»En esta hora solemne, en nombre del pueblo y del Parlamento, el Gobierno que presidido asume todas las facultades del Poder en Cataluña, proclama el Estado Catalán en la República Federal Española y establece y fortifica la relación con los dirigentes de la protesta general contra el fascismo, les invita a establecer en Cataluña el Gobierno provisional de la República, que hallará en nuestro pueblo catalán el más generoso impulso de fraternidad en el común anhelo de edificar una República Federal, libre y magnífica. Aspiramos a establecer en Cataluña el reducto indestructible de las esencias de la República. Invito a todos los catalanes a la obediencia al Gobierno y a que nadie desacate sus órdenes, con el entusiasmo y la disciplina del pueblo.

»Nos sentimos fuertes e invencibles; mantendremos a raya a quien sea, pero es preciso que cada uno se contenga, sujetándose a la disciplina y a la consigna de los dirigentes. El Gobierno, desde este momento, obrará con energía inexorable para que nadie  trate de perturbar, ni pueda comprometer, los patrióticos objetivos de su actitud.

»¡Catalanes! ¡La hora es grave y dolorosa. El espíritu del presidente Macià, restaurador de la Generalidad, nos acompaña. Cada uno a su lugar y Cataluña y la República en el corazón de todos!»

Las palabras del presidente fueron recibidas con estruendosos aplausos pero también con algunos silbidos y gritos, sin duda de quienes esperaban que fuera proclamada la República Catalana Independiente.

Vuelto a su despacho, tras los parabienes de los presentes en el Palacio, Companys llamó al General Batet para comunicarle lo sucedido y requerirle para que se pusiera a sus órdenes. Batet le respondió que «no podría resolver en un instante lo que él (Companys) había estado preparando tantos días, si bien el cumplimiento del deber le indicaría la conducta a seguir». De todas formas le pidió una comunicación escrita, que le fue llevada inmediatamente. El oficio decía: «Como Presidente del Gobierno de Cataluña requiero a V.E. para que, con la fuerza bajo su mando, se ponga a mis órdenes para servir a la República Federal que acabo de proclamar».

Mientras tanto el Ayuntamiento, reunido en sesión extraordinaria, se adhería al Presidente y al Gobierno de Cataluña, por 22 votos contra 8 (los concejales de la Lliga).

Una hora más tarde salía de Capitanía una Compañía de Infantería para declarar el Estado de Guerra. Al penetrar los militares por la Rambla fueron atacados desde el Centro Autonomista de Dependientes del Comercio y la Industria (CADCI), situado en la Rambla de Santa Mónica, y desde el edificio de los Somatenes (2) en uno de cuyos pisos tenía su sede un círculo socialista. Las fuerzas militares dejaron de pegar carteles del bando de declaración del Estado de Guerra y se replegaron al Paseo de Colón. En frente de dichos edificios se hallaba el Cuartel de Atarazanas, de Artillería, de donde había salido una sección con dos cañones. Dos cañonazos fueron disparados contra el edificio de CADCI. Los defensores siguieron resistiendo a pesar del fuego de ametralladora hasta las dos de la madrugada, en que huyeron, dejando tres muertos, entre ellos el dirigente del CADCI, Jaime Compte.

Las tropas llegaron hasta la Plaza de Cataluña, donde hubo fuerte tiroteo durante un par de horas. De madrugada los militares se disponían a atacar la Delegación de Policía de Santa Mónica (en Paseo de la Aduana, cerca del Paralelo); los sitiados, unos 60 guardias y un centenar de paisanos, se rindieron. En la calle Mayor de Gracia – Rambla del Prat, los milicianos fueron atacados por la Guardia Civil (hacia las cuatro de la madrugada); resistieron tras las barricadas un par de horas; luego se escabulleron dejando dos cadáveres. La Comisaría de Orden Público (en la Jefatura de Policía de Vía Layetana) fue abandonada por gran número de Guardias de Asalto, con su jefe.

Desde Capitanía se formaron dos columnas; una se dirigió a la Consejería de Gobernación (Gobierno Civil), el reducto revolucionario más importante y el peor defendido. Los Guardias de Asalto, con su jefe, abandonaron la Consejería y se presentaron en Capitanía. Mientras tanto Dencás, que se había apoderado de la Radio, hacía discursos histéricos. Hacia las 6 de la mañana (del día 7), se puso bandera blanca en el edificio, mientras se producía la desbanda general y Dencás desaparecía por la cloaca.

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Otra columna, al mando del Comandante Fernández Unzué, llego, hacia las once de la noche, a la Plaza de San Jaime. El Comandante Pérez Farrás (compañero de promoción de Fernández Unzié) jefe de los Mozos de Escuadra, salió a su encuentro. Le dijo Fernández Unzué que se había declarado el Estado de Guerra y tenía orden de apoderarse del Ayuntamiento y la Generalidad. Pérez Farrás no se entregó; en la refriega cayeron seis soldados, mientras los Mozos de Escuadra se refugiaban en el Ayuntamiento y en la Generalidad, cerrando las puertas.

Un grupo de milicianos y de Guardias de Asalto, al mando de Miguel Badía, salió de la Consejería de Gobernación y, por la Vía Layetana llegó hasta la Plaza del Ángel y la calle Libretería, desde donde atacaron a la tropa de la Plaza de San Jaime. Luego se dirigieron a la Plaza de San Miguel, penetraron en algunas casas y, desde los terrados hostigaron a la tropa hasta las tres de la mañana (día 7); a dicha hora llegó una Compañía de Ametralladoras en ayuda del Comandante Fernández Unzué; ocupó las casas cercanas al palacio de la Generalidad, disponiéndose para el ataque tan pronto clareara. Los cañones dispararon media docenas de cañonazos que hicieron impacto en las fachadas de ambos edificios oficiales. Como consecuencia el Alcalde Pí Suñer ponía bandera blanca. Al tener noticia de esto, Companys deliberó con los Consejeros y se acordó la rendición. Llamó al General Batet para comunicárselo, quien le exigió lo anunciara por Radio. A los pocos minutos la Radio comunicaba insistentemente: «El Presidente de la Generalidad, considerando agotada toda resistencia, y a fin de evitar sacrificios inútiles, capitula. Y así acaba de comunicárselo al Comandante de la IV División, señor Batet».

Concejales, Consejeros, algunos diputados y Conpanys, fueron conducidos a Capitanía General. «Al llegar a mi despacho el Presidente de la Generalidad (refiere el General Batet), le extendió la mano… y le dije con tono sereno y de dolor: ¿Qué habéis hecho, Companys? ¿No sabéis que por la violencia jamás se logran los ideales, aunque fueran justos, y sí sólo por la legalidad y la razón…?» El señor Companys contestó: «General, no hemos venido aquí para recibir consejos» (3).

Mientras tanto gran parte de los milicianos se habían retirado a sus casas, arrojando las armas, mientras otros, aún a las ochos (dos horas después de la capitulación) permanecían en sus puestos, ignorantes de los sucedido. «Los hombres (dice Cruells), poco a poco, a medida que iban teniendo alguna idea de lo que pasaba, abandonaban las armas y volvían a sus domicilios, medio avergonzados, medio desilusionados y todos con un profundo sentido del ridículo», mientras arrojaban los carnets de afiliación de los partidos. «De todo este abandono de armamento… quienes se aprovecharon fueron las Juventudes Libertarias, que hicieron una buena recogida durante las primeras horas de la mañana de aquel domingo» (4).

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Fuente: “Otra historia de Cataluña”Marcel Capdeferro, Editorial Acervo, 1985.

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Notas:

(1) Disuelto el Somatén, se dio ese nombre a las milicias formadas por los afiliados a los partidos de la izquierda.

(2) Edificio del tiempo de Carlos III, en el inicio de la Rambla de Santa Mónica; había sido dependencia militar y sede del Banco de Barcelona; últimamente albergó los juzgados militares.

(3) Del informe del General Batet.

(4) Manuel Cruells: «El 6 d’octubre a Barcelona». Barcelona, 1970.

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Véase también: “El Mito de Lluís companys”

 

 

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